Vivimos en un mundo marcado por la incertidumbre, los cambios vertiginosos y una sensación general de fragilidad. Los textos bíblicos que ponemos delante hoy nos interpelan justamente desde esa tensión: ¿cómo interpretar “el tiempo” en el que estamos viviendo?, ¿cómo reconocer en medio de la confusión la voz de Dios que llama al arrepentimiento y a la esperanza?
El pasaje de Daniel 7:25 describe un escenario donde el poder humano se levanta contra lo divino, intentando quebrantar a los santos y manipular los tiempos y las leyes. Esta imagen profética refleja, de manera sorprendente, la realidad de nuestra época: estructuras sociales, políticas y culturales que a menudo buscan desplazar a Dios del centro, relativizando la verdad y debilitando los valores espirituales. El texto sugiere que llegará un momento de aparente dominio del mal, pero también nos recuerda que ese poder es limitado: solo tiene autoridad “hasta tiempo, y tiempos, y medio tiempo”. Es decir, por un lapso determinado dentro de la soberanía de Dios. Esto nos enseña que aunque los días puedan parecer oscuros, la historia sigue en manos del Altísimo.
Pablo, en Romanos 13:11, nos despierta de la indiferencia espiritual: “es ya hora de levantarnos del sueño”. La imagen del sueño aquí simboliza la apatía, la comodidad y la distracción que muchas veces gobiernan nuestras vidas. Hoy, en medio de la sobrecarga de información, del consumismo y de la prisa, corremos el riesgo de vivir dormidos espiritualmente, sin discernir lo que sucede a nuestro alrededor. Pablo nos recuerda que la salvación está más cerca que nunca, no en un sentido de cronómetro, sino de urgencia: cada día es una oportunidad menos para reconciliarnos con Dios y con los demás.
Esta idea se complementa con el consejo de Efesios 5:15-16: “mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos”. Aquí el apóstol nos invita a una actitud activa: no basta con reconocer que los tiempos son difíciles, sino que debemos vivir con sabiduría, discerniendo qué cosas son realmente importantes y cómo podemos usarlas para glorificar a Dios. El “aprovechar bien el tiempo” no se trata de productividad material, sino de invertir nuestra vida en lo que permanece: la fe, la esperanza, el amor, el servicio a los demás.
El libro del Apocalipsis lleva esta reflexión al extremo: “no habrá más tiempo” (Apocalipsis 10:6). Esta declaración no busca asustarnos, sino confrontarnos con la realidad de que el tiempo de la gracia y la paciencia de Dios tiene un límite. Cada ser humano y cada sociedad reciben un margen para arrepentirse, pero ese margen no es eterno. Por eso, este pasaje se conecta con el llamado al arrepentimiento presente en 2 Crónicas 7:14, donde Dios promete sanar la tierra si su pueblo se humilla, ora y se aparta de sus malos caminos. También con lo que dice Pablo en Hechos 17:30-31: “Dios... manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan”. El arrepentimiento es la respuesta esperada al don del tiempo que todavía tenemos.
Al unir todos estos textos, vemos un mensaje coherente: vivimos en tiempos complejos, donde las fuerzas del mal parecen avanzar, pero no tienen la última palabra. Lo esencial es reconocer que el tiempo no es infinito; es un recurso precioso y limitado, y cada día se nos concede para volver a Dios. La urgencia no debe llevarnos al miedo, sino a la acción: despertar del letargo, andar como sabios, arrepentirnos de corazón y testimoniar la esperanza de Cristo en medio de los días malos.
En conclusión, estos pasajes nos llaman a tomar conciencia de que el tiempo se acaba, no como una amenaza, sino como una oportunidad. La pregunta que queda abierta es: ¿cómo estamos usando el tiempo que Dios nos da? ¿En distracciones pasajeras, o en buscar su rostro y vivir conforme a su voluntad? La Biblia nos anima a elegir sabiamente, porque todavía es tiempo de gracia, pero pronto llegará el día en que “no habrá más tiempo”.
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